Irse a casa.

La primera vez que fui al colegio me escapé. No fue una huida violenta ni traumática, al contrario. En principio la clase me pareció interesante, había libros y juguetes, no podía pedir más. La profesora nos dijo que se llamaba Ramonita y, aunque me sonó raro eso de llamar con diminutivo a una persona mayor, no dije nada, seguramente porque todavía no nos conocíamos lo suficiente.

Llegó la hora del recreo y recuerdo estar sentada en el suelo del patio hablando con una familia de caracoles cuando sonó la sirena para volver. La prisa es algo ajeno a ti cuando eres niño, vives el apuro de los demás sin saber muy bien a qué obedece porque en tu dimensión el tiempo es un chicle de fresa ácida con sabor infinito. Por eso no entendí muy bien la urgencia que les dio a todos los niños por salir corriendo como si hubiese sonado una alarma antiaérea. Un minuto después estaba sola en el patio con un caracol en cada mano, levanté la cabeza y vi que la reja que daba directamente a la calle se había quedado abierta.

Era otra época, me habían adiestrado para sobrevivir con una serie de recursos básicos. En jornadas de repetición sin fin me habían hecho memorizar que lo más importante en caso de pérdida o accidente era pedir ayuda siempre a un policía, una señora de buen aspecto o un taxista. Por este estricto orden de preferencia. A continuación, fundamental, saberme el número de teléfono y la dirección de mi casa y, por último, esperar en el borde de la acera a que una persona mayor cruzase la calle y caminar a su lado para evitar ser atropellada. Si con cuatro años dominabas estos mínimos podías, tranquilamente, afrontar cruzar sola el Barrio de las Flores una mañana cualquiera de los años ochenta como quien se enfrenta a la jungla armada y con víveres. Cuando llegué al portal, después de recorrerme lo que para mi fue el barrio entero caminando, me encontré con mi madre que salía para ir al colegio a buscarme.

Lo peor de todo fue que, como era el primer día, la profesora no se había dado cuenta de mi ausencia. No la culpo, ella nunca esperó que a una niña de párvulos habría que vigilarla como al doctor Richard Kimble. Desde entonces una especie de cuerda invisible no me permitió alejarme de Ramonita más de un par de metros.

Sigo sintiendo un cierto rechazo cada vez que escucho la sirena de un colegio, esa no era manera de llamar a nadie, especialmente cuando vivíamos en un entorno que ya nos había acostumbrado a los gritos por las ventanas. El sonido rebotaba veloz como una pelota en todas las esquinas y muros hasta encontrar al destinatario, o hasta que llegaba a alguien que lo conocía y repetía el grito añadiendo “te llaman”. Lo que yo habría dado en aquellos días por tener un nombre compuesto para cuando me llamasen por la ventana y sentir la dignidad casi aristocrática que daba un grito bien lanzado.

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