Ni nueva, ni normal.

Nueva normalidad” es un oxímoron, una figura literaria que se caracteriza por unir dos conceptos de significado opuesto. Fuego helado también es un oxímoron, como la calma tensa o el voluntario forzoso. Todo lo contradictorio impone en las palabras un mecanismo de fuerzas contrapuestas que tensa el significado, por eso, esta nueva normalidad no podrá nunca traer calma y sigue provocando reacciones extremas. La polarización de la expresión se traslada a los individuos que se someten a ella y los divide según sus preferencias.

Los que se aferran a la palabra “normalidad” insistirán en comportarse como en su última normalidad conocida, el ansia de sosiego no les deja ver que igual que no podemos volver a los lugares en los que fuimos felices, tampoco podemos volver a los lugares en los que fuimos normales, al menos hasta que las circunstancias ambientales vuelvan a ser las que eran entonces. Porque la normalidad era eso, un ambiente sin sobresaltos en el que bajar la guardia.

Por otro lado, los que en el oxímoron se aferran al concepto “nuevo” no consiguen dar un paso sin mirar antes a todas partes, cualquier lugar que no sea la propia casa es para ellos territorio hostil. La calle se ha vuelto una partida del comecocos, los fantasmas acechan en todas las esquinas, invaden el espacio sin mascarilla y es cuestión de tiempo que la pantalla vital, como el videojuego, se funda a negro y dibuje en letras de pixeladas: GAME OVER.

El equilibro social es, por tanto, imposible y la convivencia, una palabra que empieza por c.

En este concepto de “nueva normalidad”, que no tiene nada de nuevo ni nada de normal, culminan más de dos meses bombardeados con palabras de velocidad vertiginosa (desescalada, curva, contagio, frenar, desbordado, respirador, brote, infectados, anticuerpos, economía, petróleo, emergencia… ) mientras que en lo cotidiano los conceptos estáticos nos iban pesando como piedras, reduciendo las actividades a poco más que las constantes vitales (encierro, aislamiento, distancia, protección, cese de actividad, paro, secuelas). Más de dos meses viviendo un oxímoron tanto en la vida analógica como en la virtual. La contradicción más ruidosa de la historia del siglo XXI no ha hecho más que empezar.

Ningún sintagma para designar una realidad es lanzado desde una plataforma masiva de información de manera inocente, por muy estúpido que nos parezca. Las palabras son mucho más que signos y sonidos vacíos, trasladan conceptos a nuestro cerebro para construir el pensamiento, o para deconstruirlo, según el caso. Las guerras esenciales de las democracias son, y seguirán siendo, lingüísticas. Esto tampoco es nuevo y, por supuesto, no debería ser normal.

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