Cerrar el círculo.

Hay cosas que no cambian ni aunque pasen siglos. Cuando una decide ir acompañada a enfrentarse con su prometido es porque, seguramente, ya tiene una decisión tomada y su único miedo es flaquear en el último momento. El 12 de Julio de 1914 en el hotel Askanischer Hof de Berlín se reunían Franz Kafka, su prometida hasta entonces Felice Bauer, la hermana de ésta, Erna, y su amiga Grete Bloch. Sin previo aviso, como sucede casi todo lo digno de ser contado, su compromiso matrimonial se suspende y la relación se rompe. El novio abandonado escribe cartas sumamente civilizadas a los padres de su, a partir de ahora, exnovia, al amigo Max Brod y a su propia familia, con la tranquilidad de quien miente descaradamente les dice que acepta la situación, que la entiende, que hay problemas que le preocupan más que esta ruptura y que pronto vuelve a Praga, a la rutina, como si lo estuviese deseando. Sin embargo, terminar con Felice no solo afectaba a su relación, sus planes de dejar su empleo en Praga en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo y vivir en Berlín escribiendo también se esfuman.

En sus diarios contará más tarde que se se sintió juzgado y sin capacidad para defenderse, esto tampoco ha cambiado con los siglos, todos sabemos que no es incompatible poner cara de póker y mostrarse conforme en público con desesperarse en privado y culpar a los demás de nuestra suerte.

A pesar de todo, escribiré, es mi lucha por la supervivencia”

Diarios. 31 de julio de 1914.

En los siguientes meses, al mismo tiempo que estallaba la Primera Guerra Mundial, Franz escribe frenéticamente la historia de Josef K., el oficinista de un banco al que dos funcionarios vienen a detener una mañana a su casa sin decirle de qué está acusado, sumiéndolo en una maraña burocrática imposible. Entre agosto de 1914 y enero de 1915, los capítulos de la novela fueron escritos en completo desorden, con un breve paréntesis para ir a nadar después de que Alemania declarase la guerra a Francia. Diez cuadernos diferentes de cuarenta páginas cada uno, intercalados con notas de los diarios y fragmentos de otros escritos. Cuando le pareció que la obra tenía suficiente volumen, el propio Kafka desprendió las hojas de los cuadernos y las juntó en una sola carpeta. Después de leerla un par de veces consideró que salvo un capítulo, la historia no tenía calidad literaria suficiente y pensó seriamente en destruirla entera, quizá por eso la dejó inacabada.

Más de cien años después, en la Martin-Gropius-Bau, a escasos metros de donde sucedió la escena real que dio origen a la novela, se exhibía el manuscrito original de El proceso. 171 páginas colocadas impecablemente en las vitrinas daban una sensación irónica de orden muy lejana a la realidad de cómo se concibieron. Los manuscritos tienen algo frágil y decepcionante, toparse de frente con una obra inmortal reducida a unas cuantas páginas amarillentas en letra casi ininteligible reconcilia y, al mismo tiempo, es una cura de humildad porque nos recuerda que el punto de partida es siempre el mismo. Una idea que arranca, muchas veces sin orden y que, a fuerza de dejarla crecer sin control, se vuelve indomable y no se deja terminar.

Quien hoy quiera ir a buscar el hotel Askanischer Hof, debe saber que lo cerraron en 1923 y que el edificio original fue bombardeado y destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Aún así, como lo kafkiano no descansa, quien hoy pase por la Stresemanntrasse 111 se encontrará las oficinas centrales de una gran compañía de seguros.

Siempre que paso por delante tengo la sensación de ser testigo de cómo se cierra un extraño círculo metaliterario.

(Foto: Bibiana Candia)

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