Harina, agua, sal y levadura.

El mundo tal y como lo conocemos se viene abajo, la gente se pone en su casa a amasar pan y nadie lo entiende. Nadie que no cocine por placer habitualmente, claro.

En la película Julie & Julia, el personaje de Amy Adams trabaja en un centro de atención telefónica para víctimas del atentado del once de septiembre, su jornada laboral consiste en escuchar el drama de los supervivientes y sus familiares encerrada en un cubículo minúsculo. Por eso, cuando llega a casa después un trayecto de una hora de pie en trasporte público, lo que hace es prepararse una cena deliciosa. Porque, tal y como el personaje dice, cuando todo en la vida se derrumba y te rodea la incertidumbre, tener la seguridad de que juntar una serie de ingredientes y seguir unos pasos concretos dará como resultado un plato exquisito es la única satisfacción que nadie te puede quitar.

El caso del pan es especialmente singular. Por un lado, preparar una masa minimamente decente es fácil, barato y además, una vez que se empiezas a manejar con soltura los conceptos básicos, la cosa puede complicarse como si fuese una carrera armamentística. Masas madre, harinas con o sin gluten, tiempos de reposo, añadir frutos secos, cerveza, especias… la lista es interminable sin dar opción siquiera a las pizzas y las empanadas. La humilde masa de pan básica es la primera puerta a un paraíso culinario casi sin fin.

En un momento en que la tensión y los acontecimientos nos robaron la capacidad de concentración, el pan se deja hacer, golpear, aplastar, amasar y cuidar durante horas como un juguete blando y caliente, una plastilina para adultos que además, esta vez sí, puedes comerte sin peligro. Todo ventajas.

Hay experiencias que dejan una marca indeleble en el subconsciente, cuando siempre te han elegido de las últimas en los equipos del colegio ni se te pasa por la cabeza que tendrás cualidades para salvarte en caso de un apocalipsis. Nunca hubo en los escuadrones de supervivencia plazas para asmáticos con gafas. Sin embargo, este fin del mundo que nos ha tocado tampoco es como lo habíamos imaginado. Ni cuatro jinetes, ni zombis, ni bombardeos, ni invasiones alienígenas, ni meteoritos, ni siquiera un supervillano carismático al que culpar de todo. Y la supervivencia no depende de la fuerza ni de correr más rápido, basta quedarnos quietos y dejar pasar las horas. Es necesario un punto de apoyo que ayude a contar los días y dé cierta satisfacción, una constante que mida el tiempo, ahora deslavazado, y a la vez nos retorne a la sensación hogar en medio del encierro. Todo eso es el pan, quien lo probó lo sabe.

Hacerse adulto es basicamente consagrarse a los absurdo con tal de que los días se sucedan sin grandes sobresaltos, por eso nos parece bien hacer trabajo muchas veces insignificante, formar parte de una cadena de mando absurda o que nos paguen por contestar a un teléfono siempre con la misma frase. El mundo se equilibra en los gestos aparentemente mínimos, no sobre las grandes gestas. Por eso cuando todo falla, cuando nos han quitado el refugio seguro de la rutina, buscamos una salida de emergencia y no es casual que el pan sea una de ellas. Basta tener unas habilidades motrices de niño de cinco años para que, de repente, seamos capaces de elaborar un producto casi tan antiguo como la propia humanidad, que no solo da placer al paladar, sino que nos ha tenido entretenidos durante horas y perfuma toda la casa. Porque en esto sí estaremos de acuerdo, el olor a pan recién hecho debería ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad.

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