Memoria de árbol

Por el hueco de mis manos pasaba a diario un río, que limpió de ellas tierra suficiente como para enterrarme viva y fue matándoles los nervios uno por uno. Las utilicé como a esclavas, no tuve piedad de ellas.

Amasaron pan y cortaron carne, deshuesaron piezas que estuvieron vivas, alimentaron aves. Las manché de sangre porque las metí en heridas, empuñé cuchillos y me saqué del vientre a mis criaturas con mis propias manos. De rodillas y sola, como parimos las hembras de campo.

Estas manos mataron sin maldad para comer, cortaron hierba con furia y arrancaron patatas del fondo mismo de la tierra, con el ansia de los animales cuando buscan su sustento.

Míralas bien hija y no lo olvides, éstas que ahora son ramas de árbol y dan cobijo a los pajaritos cansados, un día fueron  manos furiosas que tiraron piedras, éstas que limpiaron toda la suciedad del mundo pensando que así se dignificaban, son hoy la corteza que alimenta a los indefensos y a los frágiles.

Porque esto somos y sólo esto nos alimenta, hija mía, somos lo infame y lo sombrío, somos las heridas que sobrevivimos, la suciedad que nos precede, todo lo que nos ha alimentado y la huella que dejamos en la tierra. Aprende y no tengas miedo de mirar de cara a lo oscuro, un día tus manos también se cubrirán de corteza y no hay nada más triste que un árbol que no sabe cómo dar sombra.

Fotos: Ana Correia

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