El interruptor y la mierda

He redactado mis mejores páginas en ese momento nebuloso en que se sucumbe al sueño. El instante exacto en que la consciencia decide largarse y las palabras se quitan el cinturón de seguridad porque no temen un accidente contra los límites del humor ni de la verosimilitud. Por supuesto no guardo ni una sola de todas esas historias geniales, sólo las veo cómo me adelantan por la derecha y al día siguiente maldigo no recordar el número de la matrícula.

Mi novio, lógico y matemático, dice que debería dormir con un cuaderno al lado de la cama y anotar todo lo que viniese a mi mente como si fuese una receta de cocina. Sin embargo he llegado a la conclusión de que estos espejismos nocturnos alimentan mi búsqueda consciente cada mañana, aunque me dé mucha rabia despertarme con la sensación de que me han robado mientras dormía.

En realidad estos desvelos, como el amor o las vocaciones extrañas, sólo son interesantes en la lucha por la supervivencia. Los enamorados son aburridos excepto cuando caminan por el borde del abismo y las llamadas a profesiones inusitadas resultan interesantes cuando arraigan contra todo pronostico, en el individuo aparentemente equivocado.

La vocación es esa república del alma donde no hay ley ni orden, donde nada se rige por patrones lógicos o más bien, donde la lógica es otra cosa. Nadie sabe qué enciende el interruptor secreto de una vocación, cualquier anécdota mínima puede dar un vuelco a todo. Determinarlo todo.

Soñar de niño con ser basurero y terminar siendo cantautor, como le ha pasado a un buen amigo mío, demuestra que existen mecanismos inconscientes que son más fuertes que la voluntad, así como que en realidad la creatividad sólo es cuestión de saber manipular y reciclar la propia mierda adecuadamente.

Un proceso orgánico como cualquier otro.

Lo único que me preocupa de todo esto, es que siguiendo el curso natural e inconsciente de las cosas, el día que me muera, en esos segundos cruciales previos, pase por delante de mi la novela que siempre quise escribir y me arrepentiré de no tener papel a mano.

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