Parada discreccional

Como no obligo a nadie a leer lo que escribo, sería un sinsentido que alguien se molestase si yo cuento sólo lo que quiero. Me niego a rebuscar las razones que nos llevaron a tomar una determinación semejante, con toda la seriedad y el aplomo que nos daba el no haber cumplido aún los diez años. Sólo diré que no es fácil escribir con las vísceras y que nos queríamos tanto que un día decidimos suicidarnos juntas.

Me gustaría pensar que la mayoría de los que lean esto no me conocen personalmente, sería por una parte, el síntoma de que he conseguido llegar a algún sitio, y por otra, me ahorraría preguntas de aquellos que sí me conocen e intentan en cada cosa que escribo buscar paralelismos o claves ocultas. Max Brod cuenta que Kafka solía leer ante sus amigos fragmentos de El proceso y La metamorfosis con el ánimo de quien lee un relato cómico, que terminaba a veces a carcajada limpia y en ocasiones tenía que parar a limpiarse las lágrimas de risa.

“… he advertido que los cultivadores de Kafka , que sólo lo conocen a través de sus libros,

tienen una imagen totalmente falsa de él.

Creen que también su trato debió de haber resultado triste, desesperado.

Todo lo contrario. (…) las bromas y las risas no tenían fin;

reía a gusto y cordialmente, y sabía hacer reír a sus amigos.”

Max Brod. Kafka

Desde fuera a veces cuesta entender que la literatura es una máscara como cualquier otra, de todos modos continuaré la historia aún a riesgo de que se me considere una especie de superviviente kamikaze.

Como hace ya unos años que he pasado de los diez, es evidente que nuestro plan se truncó en algún momento, y para compensar mi entrada tan abrupta en esta historia confesaré que yo fui la responsable de que ese pacto se rompiese. Y quiero dejar muy claro que no fue por miedo, sino porque creí haber encontrado una opción mejor para acabar con nuestras preocupaciones, una solución no tan radical como saltar desde un décimo piso.

Sería una vulgaridad imperdonable esperar ahora un alivio diáfano y un final con beso, quien así piense debería haber elegido un cuento de hadas. Nuestro pequeño mundo, tenía por aquellos días, un único mandamiento: la palabra, y yo no sólo fallé a mi promesa, sino también a mi cómplice.

El primer empujón con toda su rabia me estampó contra el suelo, pero me conocía tan bien, que aún cegada por su enfado creo que se asustó un poco al ver que no me defendía. Lo sé porque entre los golpes y los gritos, sus ojos me hacían aquellas señales de humo líquido que yo ya conocía tan bien.

  • ¡Eres una estúpida! ¿Cómo vas a irte con el circo? ¡¡ Si no sabes ni hacer el pino!!

Fue la última vez que hablamos, y aún sigo sin saber hacer el pino.

No tengo muy claro si este podría catalogarse como final feliz, y la verdad tampoco me preocupa.

Por hoy, yo ya he contado todo lo que quería.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: