De timbres y gritos

La primera vez que fui al colegio me escapé. No fue una huida violenta ni traumática, al contrario, en principio la clase me pareció interesante y me quedé pacíficamente hasta el recreo. Cuando sonó la sirena para volver, no entendí la urgencia que les dio a todos los niños por salir corriendo como si fuese una alarma antiaerea, por aquel entonces yo aún no conocía la prisa. En dos minutos me quedé sola en el patio y la verja que daba a la calle estaba abierta.

Era otra época, me habían adiestrado para sobrevivir con unas pocas normas básicas: pedir ayuda siempre a un guardia, una señora de buen aspecto o un taxista (por ese orden), aprenderme de memoria el número de teléfono y la dirección de mi casa, esperar en el borde de la acera a que un mayor cruzase la calle y caminar a su lado… Cuando llegué al portal, después de recorrerme el barrio entero caminando, me encontré con mi madre que salía para ir al colegio a buscarme.

Lo peor de todo es que como era el primer día la profesora no se había dado cuenta de mi ausencia, no la culpo, ella nunca esperó que a una niña de parvulitos habría que vigilarla como al doctor Richard Kimble. Desde entonces una especie de cuerda invisible no me permitó alejarme de ella más de cuatro metros.

Sigo sintiendo un cierto rechazo cada vez que escucho una sirena en un colegio, ésa no es manera de llamar a nadie. En mi barrio se llamaba por la ventana y a gritos, el sonido rebotaba elásticamente en todas las esquinas y en los muros hasta encontrar al destinatario, o hasta que llegaba a alguien que lo conocía y repetía el grito añadiendo: Te llaman.

En aquellos días, mi favorita, la soprano de las ventanas, era La Madrileña, que la llamaban así porque era de León. Cada quince días exactos como un ritual, salía a la ventana:

– ¡¡Ya llegó la compra!!

Era el aviso urgente a todos los de su prole para que dejaba lo que estuviesen haciendo y corriesen al portal despavoridos, se apiñaban en la puerta discutiendo qué iba a comer cada uno. En esos momentos me parecía tan miserable y tan injusto que en mi casa la compra no fuese un acontecimiento para publicar al viento, y que para colmo en el colegio me llamasen con un timbre.

– ¡¡ María de la Almudena, Francisco Javier, José Alberto, Juan Antonio, María de las Mercedes, Adoración de María !!

¡¡¡ Llegó la compra !!!

La More, Kiko, Pepe, Toñín, Merche y Dora corrían hacia casa, ella se ajustaba el mandil con la cara congestionada, y yo sólo envidiaba no tener un par de nombres que alguien me gritase por la ventana, dándome esa dignidad que La Madrileña daba sus hijos cada quince días.

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