Una caja de lápices

Hasta que en nuestra vida entraron los grandes almacenes, el mostrador era una frontera física con la que mantener a raya las compras sin sentido. Las tiendas se dividían en el lado de los tesoros y la parte árida donde se colocaban los clientes. Cuando llegaba tu turno estabas obligado a decir exactamente lo que querías, ya que era lo único que te iban a enseñar.

Los dependientes, que entonces solían usar bata, se movían como ratones blancos, por un laberinto de pasillos iguales, pasando el dedo por un mar de cajas idénticas, colocadas en estanterías simétricas y encontraban a la primera las medias de tu talla, los botones, o la cera de abeja para los muebles.

El mostrador era entonces, una zona franca donde mirar el género y tocarlo con muchísimo respeto. Comprar cualquier insignificancia se convertía en un trámite con muchos pasos intermedios que no dependían de uno, exigía preparación, como pedir un crédito o hacer croquetas para doce.

Por eso, cuando a mediados de los ochenta abrieron en A Coruña El Corte Inglés, fue como si hubiese venido a la ciudad el circo de Ángel Cristo, pero para quedarse.

Yo tenía diez años y el estudio de pintura donde iba cada viernes estaba justo al lado. Así que en lugar de pasar por la calle, cruzaba directamente por la planta baja recreándome en la abundancia de todo lo innecesario.

Hacía siempre el recorrido idéntico, primero me paraba en los libros, después la zona de bellas artes y terminaba en la de música. Debe ser por eso que a pesar de que me enamoré a primera vista de las cajas de lápices de Faber Castell, nunca fui capaz de ahorrar para una de ellas. La librería absorbía todo mi capital.

Tal vez, si la distribución de la planta baja del Corte Inglés hubiese sido otra, habría leído unos cuantos libros menos pero mis ciento veinte lápices de colores me hubieran dado un estatus incalculable entre mis compañeros de clase. Nunca lo sabré.

Aunque creo que en el fondo, la voluntad es una cucaracha que se cuela y sobrevive hasta en el inconsciente. Por eso, sigo deseando tener una caja enorme de lápices acuarelables, y pienso seriamente que un día me compraré una mientras me lo gasto todo en libros. Sin ningún remordimiento.

Lo único que no dejo de preguntarme es cuáles habrían sido mis lecturas de entonces, si hubiese tenido que pensar detenidamente y pedir a un dependiente lo que necesitaba leer en cada momento.